Masoneria

Libertad – Igualdad – Fraternidad

San Martín y la extraña toma de Lima

Por Pacho O´Donnell
De cómo el Libertador argentino se apoderó de la capital del Perú, bastión colonialista español, sin derramar sangre inútilmente y a pesar de las injustas críticas de su propia tropa. Así subtitularía un García Márquez esta hazaña de un genial estratega y mejor negociador, muchas veces acusado de ser monárquico, masón y traidor. Lo que sin embargo no detuvo a este cruzado independentista que, aun sin la ayuda de sus compatriotas, fue capaz de ver más allá que sus enemigos y triunfar con grandeza.
San Martín desembarcó en Pisco y estaba con su ejército en las afueras de Lima planeando cómo tomar esa plaza defendida por un experimentado y bien armado ejército realista, comandado por jefes fogueados en las guerras napoleónicas, y fue entonces cuando sucedió algo que modificó la situación. El 1º de enero de 1820 se había producido en España una revolución liberal contra el absolutismo que se propuso volver a la Constitución de 1812 y obligó a Fernando VII a aceptar una monarquía constitucional. El jefe de la insurrección fue Rafael del Riego, quien estaba al frente del cuerpo expedicionario que debía partir desde Cádiz a recuperar las colonias americanas. El Himno de Riego, compuesto en su homenaje, fue adoptado por otros movimientos revolucionarios de la península y en 1931 fue proclamado himno nacional por la Segunda República Española hasta 1939, cuando fue derrotada por el franquismo.
Durante los casi tres años que duró, la insurgencia liberal, que culminó con el ahorcamiento de Riego el 7 de noviembre de 1823, tuvo consecuencias en las guerras independentistas de las colonias españolas en América. Fue así que los integrantes de la plana mayor del ejército realista en Lima, los generales De la Serna, Canterac, Valdés, Otermín, se reivindicaron partidarios del movimiento liberal y el 29 de enero de 1821 se rebelaron en Aznapuquio contra el virrey Joaquín de la Pezuela, acusándolo de absolutista y de inepto para conducir la guerra contra los patriotas americanos, a pesar de su superioridad en número y armamento.
El nuevo régimen español se había propuesto terminar con los conflictos en sus colonias americanas y estimulaban a sus representantes políticos y militares a llegar a acuerdos con los jefes insurrectos, convencidos de que del otro lado del mar la lucha era también contra el absolutismo. Bolívar firmó una tregua y se abrazó con el general español Morillo, en Trujillo, el 25 de noviembre de 1821.
De la Serna, designado virrey de facto, escribió a San Martín para “invitarle confidencialmente a una entrevista con el objeto de hallar un medio que conciliase y terminase las desavenencias entre los españoles americanos y europeos, lo que podía verificarse en el término de veinticuatro horas, si se obra de buena fe para arreglar las bases esenciales”. En el texto, quedaba claro que lo que proponía era una reunión entre liberales, para llegar a un acuerdo entre “españoles americanos y españoles europeos”, como si se tratase de una guerra civil y no de independencia.
San Martín acepta y el 9 de febrero de 1821 se reúnen, en la Hacienda de Torre Blanca, delegados de ambas partes. Y los españoles propusieron la vigencia de la Constitución de 1812, por la que todos, americanos y europeos, gozarían de los mismos derechos y privilegios. Los delegados de San Martín, Tomás Guido y Rudesindo Alvarado, adujeron que valorizaban lo novedoso de la propuesta, pero que antes que nada se imponía el reconocimiento de la independencia del Perú. La exigencia fue rechazada, las negociaciones interrumpidas y las hostilidades reiniciadas.
Don José envió al general inglés William Miller al frente de un millar de hombres a tomar los puertos intermedios y, así, cortar la comunicación marítima entre Lima y el sur del Perú. También ordenó a Alvarez de Arenales ocupar la sierra con sus montoneras, para fortalecer el sitio a la capital peruana.
Entonces se produjo el arribo de un delegado personal del rey, el licenciado Manuel Abreu, quien traía precisas instrucciones de llegar a un acuerdo. El 4 de mayo se reúnen el argentino Tomás Guido, el colombiano Juan García del Río y el peruano Ignacio de la Roza por el bando patriota, lo que desnuda el concepto de “Patria Grande” que siempre alentó nuestro Libertador, y del Llano y Galdeano en representación de Pezuela y de Abreu. Otra vez la condición de San Martín de no avanzar si no se reconocía en primera instancia la independencia del Perú condenó al fracaso el intento. De todas maneras, se acordó una tregua. Los delegados revolucionarios, como garantía de cumplimiento, exigieron la entrega de la fortaleza del Real Felipe en El Callao, así como también la posesión de los castillos de San Miguel y San Rafael. Los realistas condicionaron la aceptación a que se les permitiera extraer doce piezas de artillería y municiones. Esta negociación no prosperó en el momento, aunque, como veremos, pareció cumplimentarse más adelante.
En ese tiempo, la situación del ejército patriota había empeorado de manera alarmante. Por una parte, se había desatado una epidemia de paludismo que enfermó e inutilizó a casi la mitad de sus hombres. Hasta el mismo Libertador se contagió, aunque no de gravedad. Por otra, llegó la mala noticia de la precaria situación política del gran Martín Miguel de Güemes, que poco después moriría asesinado por una ominosa conjura de los realistas con la aristocracia salteña, harta de las “contribuciones” en hombres, dinero y animales a que era sometida por el gran patriota para sostener la guerra independentista. Con su desaparición, quedaba trunca la estrategia sanmartiniana de que una fuerza avanzara por tierra sobre Lima para tomarla entre pinzas.
Fue para todos evidente que lo único que podía destrabar las negociaciones era un encuentro personal entre ambos jefes, lo que se pactó para tener lugar en Punchauca, en las afueras de Lima, el 2 de junio de 1821. San Martín se presentó acompañado por los generales Gregorio Las Heras, Diego Paroissien y Mariano Necochea, en tanto que De la Serna lo hizo con los generales Canterac, Lamar y Monet.
El Libertador se adelantó hacia el español con sus brazos abiertos y, de acuerdo al relato de Tomás Guido, le dijo: “General, considero este día como uno de los más felices de mi vida. He venido al Perú desde las márgenes del Plata, no a derramar sangre sino a fundar la libertad y los derechos de que la misma metrópoli ha hecho alarde al proclamar la Constitución del año ’12 que V.E. y sus generales defendieron”. Luego agregó una frase en la que es probable detectar un guiño masónico: “Los liberales del mundo somos hermanos en todas partes”.
San Martín alegó a favor de la inevitabilidad del reconocimiento de la independencia peruana, pero también –buen político– sabía que debía acompañar la exigencia con algo que la hiciera potable para el enemigo. Entonces, propuso lo que desde entonces se presta a la polémica y que nuestra historia “consagrada” ha decidido acallar, como si se tratase de un pecado capaz de enturbiar la memoria de nuestro Libertador: una vez aceptada y jurada la independencia peruana, se convocaría a un príncipe de la casa real de Fernando VII –los Borbones– que regiría como en España, acotado por una Constitución. Mientras se esperaba el arribo del príncipe elegido, gobernaría el Perú una regencia presidida por De la Serna y compuesta por tres corregentes: uno elegido por el mismo virrey, otro por San Martín, y otro por una Junta constituida por las provincias peruanas, que redactarían un borrador de Constitución que luego sería convalidada por un congreso.
Mitre, el exégeta del Libertador que lo consagró justicieramente como el número uno de nuestra historia, fue muy crítico de esta proposición, afirmando que San Martín “se extraviaba como político” y “se desautorizaba como libertador ante las nuevas naciones emancipadas”.
Es indudable que lo del príncipe español para gobernar un Perú independizado llama la atención. Sin embargo, habría que considerar algunos posibles razonamientos de don José:
1) Si los realistas lo aprobaban, se cumplía con el objetivo principal, que era sancionar la independencia del Perú. Fue por esta razón que la respuesta de De la Serna, luego de un entusiasmo inicial, fue que no podían tomar tal decisión sin consultarlo con Madrid y le propuso a San Martín que se presentaran juntos ante el rey. Las negociaciones se interrumpieron en este punto, y no se reanudaron.
2) San Martín no ignoraba que estaba en una posición de debilidad para continuar la guerra. A la peste y a la desaparición de Güemes se sumaba la falta de apoyos de su patria, donde gobernaba Rivadavia –su enemigo–, y tampoco los recibía de quien hasta entonces había financiado la expedición al Perú, Bernardo O’Higgins, cuya posición en Chile era ya muy débil. Aunque hubiera que pagar un precio, terminar la guerra sin correr el riesgo de una derrota era una posibilidad tentadora.
3) Tampoco es de descartar que no fuese más que una maniobra dilatoria. En carta a O’Higgins, San Martín escribió que “las negociaciones se han seguido demorando, por mi parte, primero para que se repongan los hombres y caballos de la división de Arenales, segundo para reponer mis enfermos, que no bajan de 1.200”. En la misma dirección testimonió Rudesindo Alvarado, refiriéndose a “la negociación y la intriga que dio tiempo para superar aquella espantosa situación”.
4) Posiblemente el Libertador pensara que, lograda la independencia, el pueblo peruano haría que todo fluyera naturalmente hacia el republicanismo, y lo de la monarquía sería una anécdota fugaz, como había sucedido en México.
5) Lo cierto es que lo de la monarquía constitucional fue un proyecto recurrente en San Martín. En el Congreso de 1816, apoyó la moción de un príncipe inca. Años más tarde, a fines de 1821, ya como Protector del Perú y ante la dificultad de resolver las luchas entre facciones políticas limeñas que obstaculizaban su gobierno, otra vez imaginó convocar a un príncipe, esta vez inglés o ruso –en ese orden–, que, poniéndose por encima de los conflictos, pusiera orden en la anarquía. Y llegó a enviar a sus colaboradores Juan García del Río y Diego Paroissien a Europa con ese propósito.
Hasta el fin de sus días debió soportar el Libertador, no sin alguna razón, la acusación de “monárquico”.
Reiniciadas las hostilidades, la caída de Lima era inminente, sitiada por mar por la escuadra chilena del almirante Cochrane y por tierra por el ejército patriota y por las activas guerrillas.
Sin embargo, San Martín permanece pasivo a pesar de las crecientes críticas de sus oficiales, que no comprenden esa actitud en un jefe que siempre demostró decisión y coraje. Entonces se produce un hecho que se ha prestado a muchas especulaciones: el virrey De La Serna y sus generales abandonan Lima con sus tropas y se dirigen hacia la sierra, siendo perseguidos desganadamente por Necochea, cumpliendo órdenes de no forzar el combate.
¿Era tan insostenible la situación en la sitiada y hambrienta capital peruana que lo mejor fue abandonarla para recomponer fuerzas en la sierra? ¿O fue acaso el cumplimiento de un acuerdo secreto sellado en Punchauca? ¿Tuvo algo que ver la masonería a la que todo indica que ambos jefes pertenecían?
Como contraparte, San Martín, quien manifiesta no desear “bullas ni fandangos”, ingresa en Lima el 12 de julio de 1821, sin alharacas, a caballo y sin escolta, protegido por las sombras de la noche, a pesar de que se le ha preparado un recibimiento apoteósico. El 28 de julio se proclamó la independencia peruana.
Pero no terminarían allí los extraños sucesos: a fines de agosto, el grueso del ejército realista, esta vez comandado por el general Canterac, se mueve amenazadoramente hacia Lima. El Libertador dispone sus fuerzas en las afueras y ambos ejércitos quedan enfrentados en posición de combate. Sin embargo, ninguno de los dos jefes da la orden de ataque. Los oficiales patriotas, entre ellos Las Heras y Arenales, incitan a San Martín a hacerlo y el almirante Cochrane lo acusa de cobarde, en persona y en carta dirigida a O’Higgins. San Martín responde enigmática y enérgicamente: “Mis medidas han sido ya tomadas”.
Entonces se produce lo inesperado: las tropas del rey giran a su derecha y se dirigen hacia El Callao, desfilando ante la pasividad de los independistas. San Martín descuenta que no podrán mantenerse mucho tiempo en la fortaleza, porque carecen de alimentos.
Como si pusieran en práctica el acuerdo previo a Punchauca, aunque quizá renovado en este encuentro, seis días después Canterac y sus fuerzas se retiran, arrastrando los cañones y las municiones, y también –de acuerdo a lo informado por muchos– portando el tesoro que los acaudalados limeños habían protegido allí en previsión de saqueos por parte de los patriotas. Nuevamente, el ejército realista pasará por delante de las fuerzas de San Martín sin que éste ordene el ataque, a pesar de su posición favorable, como si considerara que estratégicamente es mucho más decisiva la posesión de El Callao y la rendición de su escasa custodia. Exitos logrados, además, sin derramamiento de sangre y sin arriesgar su situación con acciones de dudoso resultado.
La actitud del Libertador provocó, según el testigo Basilio Hall, “un gran clamor (que) de todas partes se alzó, en consecuencia, en contra de él”, y que algunos de sus oficiales se complotaran para relevarlo de la jefatura. Fue un duro golpe en el ánimo de don José, quien debió soportar también que algunos de sus colaboradores más estrechos, como Las Heras, Necochea y Martínez, abandonaran su ejército y regresaran a Buenos Aires.
A pesar de tales pesares, San Martín está satisfecho y le escribe a O’Higgins: “Los enemigos han sido batidos sin más que movimientos y tomar posiciones inexpugnables. Desesperados de que no me sacaban de mi posición y muertos de hambre, abandonaron la plaza de El Callao y emprendieron la retirada”. La independencia del Perú es un hecho y la definitiva emancipación de América del Sud está ya al alcance de la mano.
Pero no será la suya.
Fuente: El Observador de Perfil
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Esta entrada fue publicada el agosto 19, 2008 por en masoneria masones jose de san martin peru indoamerica.
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