Masoneria

Libertad – Igualdad – Fraternidad

Katholicismo y Masonería.

H:. Antonio Palomo-Lamarca,
Maestro Masón, 

Maestro Real
Orden del Arco Real Jerusalén.

Pedid y se os dará.
Mt. 7: 7.

Hace ya mucho tiempo que vine a pensar en los motivos por los cuales la Masonería ha ido desvaneciéndose, decayendo en una especie de neblina extraña que lo cubre todo; esta neblina es, sin duda, al menos para mí, la falta de fraternidad dentro de la misma institución masónica. Deseo tratar este tema hoy, y para ello voy a desarrollar mi filosofía personal de una Masonería katólica—pero no en el sentido religioso, sino administrativo del término. 
Para evitar confusos y sonrisas producto de la ignorancia, he de puntualizar lo siguiente: yo no estoy atendiendo al término religioso, a la connotación eclesiástico-religiosa del mismo, sino a su significado como palabra originaria griega: καθολικός. Katholikós significa “universal,” precisamente lo que la Masonería debería de ser; precisamente, lo que la Masonería intentó desde un principio ser. Precisamente lo que la Masonería no es actualmente. 
Los antiguos manuscritos masónicos, como el Manuscrito de Mathew Cooke (escrito alrededor del 1410-50 d.c.), expresan la idea religioso-universal haciendo gala de la religiosidad de la época. Esto no se debe a que las fundaciones o bases de la Masonería sean religiosas per se, y menos aún a que estas bases tengan un origen Católico—en el sentido de la Iglesia Católica. Esto se debe a un hecho bifurcado que hemos de tener siempre y en todo momento presente: en primer lugar, las bases de la Masonería ni son ni han sido jamás “religiosas,” sino espirituales, y es en esta espiritualidad donde encontramos el sentido y direccionalidad del katholicismo masónico; en segundo lugar, cuando toda esta arenga de denotaciones religiosas fue escrita, la Santa Inquisición—entre otras entidades de censura—estaba muy en boga y no dudaba lo más mínimo en poner bajo la hoguera al más digno de todos los santos. Si reparamos en este segundo punto, y si meditamos y observamos la historia, veremos que no ha de sorprendernos el hecho de que la Masonería adoptaran un tono “religioso” con tal de evadir problemas serios con las autoridades eclesiásticas—lo cual, y aún así, fue infructuoso pues terminó siendo perseguida y aún lo es. Para entrar en la fraternidad se pedía que el iniciado tuviera fe en un principio universal, en un quid ignotum, una fuerza, un ser que se le vino a llamar Gran Arquitecto del Universo; venir a negar este principio significaba negar la Masonería misma. Empero, he de analizar este concepto que tanto quebradero de cabeza ha dado. Si leemos detenidamente, y si vemos las letras en su sentido original latino e inglés de la época, hay que concluir que el origen mismo de la Masonería es espiritual y no religioso. Por otro lado, el concepto de ‘ateo’ que hoy en día tenemos no es exactamente el mismo que existía ni en el siglo XV ni en el XVIII tampoco. El concepto de ateísmo se perfora y se dinamiza de un modo completamente distinto con la introducción del Comunismo y de la filosofía Marxista. El ateo del siglo XVIII, al igual que el ateo de cualquier siglo anterior, negaba no al principio rector universal, sino al Dios de la Iglesia—el mismo dios sobre el cual los Caballeros Templarios escupían. Desde el punto de vista teológico, no hay mayor interesado en Dios que el ateo mismo, quien investiga, lee, escribe, persigue y vive con el deseo colateral de ver a Dios. No puedo negar el hecho de la tremenda fuerza que la tradición bíblica ha tenido sobre la Masonería, pues se encuentran menciones sobre la Biblia por todas partes; sin embargo, el modo en que el Franc-masón percibía a las Sagradas Escrituras no era el mismo en que el clérigo de a pie lo hacía. El Masón está más cercano a la tradición alquímica, a la tradición del Zohar y de la cábala, a la interpretación alegórico-mística, que a la literalidad que el fundamentalismo cristiano ha construido. Ese fundamentalismo—que la Inquisición misma fomenta y que aún sigue y pervive en los Estados Unidos—es el que degrada a la Masonería por todo libro y toda web del internet, el mismo fundamentalismo que torturó a Cuestos y que en las entrañas de Estados Unidos está a la espera de un Jesús que va a venir montado en una nube a rescatarlos a todos. 
El Manuscrito de Cooke, al igual que toda la tradición Medieval, apuntala el hecho de que la Masonería es la parte práctica de la Geometría, y que ambas son ya delineadas en la Biblia. Esto son actos simbólicos. Evidentemente, esto es una interpretación simbólica, un modo exegético de ver el origen de la Masonería ligado a un molde dependiente de la Torah judía. En ese sentido, la Masonería queda edificada bajo el simbolismo del Templo de Salomón, cuyas alegorías quedan ejemplificadas en las páginas del Antiguo Testamento. Tanto si la Masonería posee un origen Templario o un origen en el Templo del Rey Salomón no son preguntas ni pertinentes ni legítimas, puesto que jamás tendrán una respuesta válida. Lo pertinente y legítimo es ver qué significado posee la Masonería desde un principio, originalmente, y qué significado ha llegado a tener hoy en día. Si atendemos a esto veremos que el pelo se nos eriza y casi entramos en depresión. Pero criticar este aspecto sin antes ver el modo en que esto ha evolucionado, y el modo en que los mismos Masones han reaccionado es tarea inoportuna. 
He comenzado mencionando el aspecto constitucional de la Fraternidad, y seguiré haciendo lo mismo con un único propósito: mostrar de lo que carecemos. Si vemos el modo en que las antiguas constituciones están dictadas, y el modo en que las “nuevas” constituciones de 1723 están escritas veremos una intrigante diferencia: el sector administrativo. A los autores de los escritos tales como el Manuscrito de Cooke (1410-50), el poema Regius (aprox. 940) y los Estatutos de Ratisbonne (1498) no les interesaban en lo más mínimo temas tan snobs como “la regularidad” o “irregularidad” masónica; tampoco les interesaba si una persona era creyente en Jesucristo o en Mahoma, como tampoco les interesaba el hecho de que la mujer fuera, o no fuera o llegare a ser masona. A estos autores lo que les interesaba era dejar constancia del origen místico de la Fraternidad masónica, y del modo en que los artesanos y los arquitectos habían contribuido a su transcendentalidad a lo largo de los siglos. Existen ciertos aspectos que no puede pedirse que el autor sea responsable por el modo en que ahora nos suena a nosotros, como por ejemplo cuando el autor del Manuscrito de Halliwell (conocido como poema Regius) nos dice que no ha de iniciarse en la Masonería nadie que tenga un defecto físico, como un cojo, o un manco; pues bien, este simple dictado fue incorporado por las mentes “ilustradas” inglesas en el siglo XVIII sin pararse ni siquiera a ver el sentido de tal prorrogativa. El sentido es bien simple: la Masonería que estos antiguos autores nos están proporcionando es una Masonería material u operativa, es decir, se trata de albañiles que construyen catedrales, por lo tanto: ¿qué clase de persona va a contratar o “iniciar” en el gremio a un individuo que le falta una mano, o que tiene una pronunciada cojera que le impide acarrear piedras? ¿Quién en el siglo XI, XII, XIII, XIV, XV, XVI iba a contratar o “iniciar” en el gremio a una mujer, a una muchacha para que levantara bigas de mármol, columnas, voluminosas piedras? Todos estos simples inconvenientes hay que verlos y analizarlos teniendo en cuenta el contexto en que esto fue escrito y, el contexto que implica. El paso que se dio en el siglo XVIII desde la Masonería operativa a la Masonería ridículamente llamada ‘especulativa’ fue traumático, doloroso y repleto de vergüenza. Digo esto porque los primeros Masones ingleses poseen ya el germen del snobismo que actualmente se respira. Ha sido como un cáncer que ha ido evolucionando a lo largo de los siglos hasta que ha supurado por las páginas masónicas de la historia. 

Escudo de armas de La Antigua Gran Logia de Inglaterra fundada en 1751.

Cuando se fijan las constituciones de 1723, su autor, el hermano James Anderson (1680-1739), intenta fomentar la idea de una Masonería “universal” pero bajo bandera inglesa; no teniendo ni tan siquiera en cuenta que el término “masón” y “francmasón” ¡son franceses! Tal acto de chauvinismo es imperdonable, pero más imperdonable aún es que la Gran Logia Unida de Inglaterra haya conservado en un formol moralista-barato la estructura original de este tremendo fallo llamado “regularidad.” Si la regularidad existe en realidad, entonces, y sólo entonces, ha de ser re-formulada, re-visada, re-modelada y re-investigada. Este proceso es a lo que yo denomino el acto de re-cuperación masónica, que mientras Inglaterra siga respirando bajo los tenues vapores de un éter ponzoñoso, jamás se llegará a recoger flores en este campo de espigas. Una vez más repito: yo soy masón regular de la tradición regular de la Unida Gran Logia de Inglaterra, y no por ello voy a permitir que mis otros hermanos masones sean menoscabados o discriminados sencillamente porque no tienen ideas religiosas o porque aceptan mujeres entre sus columnas: esto ha de acabar algún día. Inglaterra ha de crecer, ha de madurar, y ha de salir de ese estadío de pubertad en el cual ha estado viviendo desde los pasados trescientos años. El volumen de la Ley Sagrada, la no discusión de política o religión dentro de la logia, y la aceptación de solamente hombres, esto, hermanos míos, esto no hace a la Masonería: eso lo único que fabrica es un circo, y como en todo circo, se necesitan payasos. La Masonería no es palabrería barata ni politiqueo cochambroso; el Templo de Salomón es mucho más excelso y limpio que todo eso. La Masonería no es tampoco un asunto sexista, ni menos aún teológico. Cuando el hermano Anderson, que a todo esto, era cura predicador presbiteriano, decide construir un fondo religioso-cristiano a la Masonería, lo que está haciendo es fabricar un arma de doble filo con veneno en la punta. Ahora, ¿hemos de pedir, pues sería tradicional, que todo iniciado en la Masonería acepte la fe de la Iglesia Presbiteriana de Inglaterra? Obviamente no. El hermano Anderson no demuestra ser un fanático, pero si demuestra el poseer la ignorancia y la ingenuidad del despiste. El nos dice que lo esencial en la Masonería es la ley moral, y que esta ley recibe la tradición de Noé, y que por ello él piensa que los masones son noequitas, es decir, gente que acepta la voluntad divina y actúa entre la escuadra y el compás. Todo esto es fantástico, pero él se olvida de un aspecto mucho más importante: ¿quién define la ley moral? ¿La iglesia? ¿Las convicciones políticas? ¿Los ideales religiosos? ¿La tradición social de un país? ¿El siglo o la época en que uno vive? O quizá, ¿de todo un poco? Al verdadero masón se le ve por su ley moral, y esta ley moral no son sino los signos, toques y palabras. Pero estos signos, estos toques y estas palabras no provienen de un mono ni de un dromedario tampoco, sino de seres humanos que poseen un lenguaje, un comportamiento y una i d e o l o g í a—que es la más mortífera de todas las armas. ¿Qué toques, qué signos y qué palabras hemos de aducir y deducir tras mirar el modo en que los masones actuales se tratan los unos con los otros? Que cada cual conteste a esta pregunta.
Ahora, el hermano Dermott en el año 1756 publica su Ahiman Rezon—verdadero libro de Masonería en mi opinión—donde nos dice que aquello que forma a un Masón es su comportamiento, el modo en que piensa y el modo en que trata a los demás—incluyendo sus Hermanos. Ocurrió que efectivamente el modo en que el hermano Anderson había diseñado la Fraternidad no era del gusto de todos, y tarde o temprano comenzaron a salirle las goteras al templo. El H:. Anderson no fue, por supuesto, el único responsable de esto, sino que la formación de la “moderna” Gran Logia de Inglaterra fue asunto de varios hermanos, que aún apuntando a lo mejor con las mejores de las intenciones, no siempre fue visto con igual armonía por el resto de los masones—especialmente los irlandeses. Entre estos masones estaba el H:. Lawrence Dermott (1720-1791), quien en 1751 constituye otra gran logia “distinta” llamada La Antigua Gran Logia de Inglaterra. Esta “nueva” logia no surgió de la noche al día, ni tampoco de modo gratuito. En esencia el modo en que Anderson ve el edificio masónico es exactamente el mismo en que lo ve Dermott, sin embargo, ocurrieron vitales diferencias en el modo en que Dermott diseñó su programa. En mi opinión, el hermano Dermott tenía una visión mucho más profunda de la Masonería, tanto especulativa como material u operativa, pero adolece del universalismo o katholicismo que yo propongo. En este punto he de añadir lo siguiente: Dermott da la oportunidad a que un katholicismo nazca del seno de la Masonería, pero adolece, al mismo tiempo, de la fuerza y de los medios necesarios para producirlo. Yo tampoco tengo esos medios, pero si tengo frente a mi vista trescientos años de desastre-administrativo dentro de las logias masónicas que ni el hermano Anderson ni el hermano Dermott pudieron contemplar.
Ciertamente la gran logia que Dermott establece es posterior a la gran logia que el hermano Desaguiliers (que también era predicador), el H:. Anderson, etc., fundan en 1717; pero ese no es el estricto problema. El problema es dicotiledóneo: la gran logia que se había formado en 1717 concebía el trasfondo administrativo de un modo radicalmente distinto a aquel en que la gran logia fundada por Dermott en 1751 lo hacía. Y este, en otros, punto es el que el H:. Dermott desarrolla en su libro Ahiman Rezon con el propósito de ofrecer una visión más kathólica de la Masonería. Este libro ha sido conocido como “antiguos cargos” o “antiguas obligaciones,” en contraposición a las nuevas expuestas por James Anderson. 

H:. John T. Desaguliers, Gran Maestro en 1719.

Tal y como Dermott dice en su título adicional, su libro está destinado a servir de ayuda al futuro hermano; pero esta ayuda está delineada haciendo comparación del modo en que la gran logia del H:. Anderson entiende las cosas y el modo que la suya lo hace. Este modo no es sino comparar como el proceso administrativo y el protocolo son entendidos por ambas partes. Se discute el modo protocolar en que se constituye una logia, su mecanismo interno, y su administración: pero no se fundamenta con solidez suficiente un katholicismo masónico. Lo gracioso del asunto, hablando de estas diferencias chauvinistas, es que el H:. Desaguliers era francés de nacimiento, mientras que el H:. Anderson era escocés. Suena casi a risa sardónica el pensar que la ‘moderna’ y chauvinista Gran Logia de Inglaterra fue fundada por dos personas que no eran ingleses de nacimiento. 
¿Qué ocurre cuando una Fraternidad este tipo crece, se desarrolla, se expande por territorios desconocidos, lejanos, diferentes? ¿Qué pasa cuando la numerosidad de individuos en una organización como esta crece desmesuradamente? ¿Qué le ocurre a la ley moral y la relación de esta ley moral para-con otros hermanos que también poseen sus sentimientos y sus necesidades al igual que nosotros? ¿Se supone que la Masonería y sus masones han de convertirse, como lo han hecho, en un cúmulo de trozos de hielo con mandiles sin más interés que militar en la organización más antigua del mundo con el único fin de sentirse mejor acerca de sí mismos y de poder jactarse de ser mejores personas que los profanos de la calle? ¿Puede un hermano masón moverse libre y cómodamente y relajadamente y sin preocupaciones por el mundo teniendo la convicción moral y administrativa que sus hermanos van a ayudarle y ofrecerle aquello que necesite en sus momentos de desdicha o de necesidad humana?
Yo sé la respuesta a todas estas preguntas, y la respuesta no es una opinión sino un hecho; y todos mis hermanos también saben esa respuesta, pero tal vez tienen miedo, o carecen del valor suficiente como para gritar la Verdad; y la Verdad es que el estado actual de la Masonería es el mismo que el de un circo de entretenimiento. La Verdad es que no podemos confiar en nuestros hermanos porque son fariseos con lenguas de doble contorno. La Verdad es que la Masonería ha echado ya su solicitud para el exterminio, para pudrirse entre los escombros que los mismos masones han ido acumulando. Pero esa “masonería” que tiene ya el cáncer óseo y destinada a morir, es la “masonería” que Inglaterra y Francia han construido con sus desprecios y sus posturas inmaduras e infantiles. La Masonería del Sublime Templo del Rey Salomón, esa, hermanos míos, esa jamás morirá. Pero esa Masonería es una idea, un símbolo que llevamos en nuestra alma; la otra masonería es la que tenemos fuera de nosotros, la que hemos decidido construir y fomentar y aniquilar. Hemos nutrido esa masonería como al cerdo que se le cría y luego se le espera para la hora de su sacrificio. Y los señores, o “hermanos,” que han hecho de la masonería un matadero especulativo se sienten orgullosos de ello, y se jactan de ser “regulares” o “irregulares” o “afrancesados,” o cualquiera denominación de origen que queramos ponerle al cerdo que está destinado a morir. Todo esto, como cualquier mal, tiene su solución, pero la solución no sucede mágicamente, ni tampoco llueve del cielo o puede comprarse con monedas en la panadería de la esquina. La solución hay que trabajarla entre todos nosotros los masones del mundo; basta ya de tanta enemistad ridícula y barata, infantil, animalista, pasional y descaradamente insalubre. Una vez más: al masón no lo fabrica nadie, se fabrica a sí mismo y por sí mismo; es una tarea de años, a veces y, en la mayoría de los casos, interminable.
La solución es el katholicismo. Pero claro, el problema es que esta palabra asusta, y eso es bueno: es el primer paso al éxito. Nietzsche decía que sólo donde hay sepulcros hay resurrecciones: y Dios vive que es cierto. Propongo que la Masonería aprenda administrativamente de la institución Católico-Romana, del modo en que ésta a manejado sus asuntos, del modo en que ésta a sobrevivido a desdichas y a barbaridades: pues nadie ha cometido barbaridades más gordas que la misma Iglesia Católica. El katholicismo masónico no significa aceptar la fe religiosa católica ni mucho menos, sino significa el tener las bases administrativas de una organización lo suficientemente fuertes y sólidas como para que no se destruyan, y como para que contactando las sedes, las logias, los Grandes Maestres, el masón de a-pie pueda acceder a aquello que necesite, sea desde un puesto de trabajo, hasta un tratamiento médico, o la compra de una casa. Esto puede sonar rocambolesco, estúpido, pero tengo el convencimiento de que:
1—al que le suene así es porque tiene poca fe en sí mismo y en la Masonería.
2—porque piensa que es totalmente irrealizable porque él mismo sería incapaz de aportar nada y nunca tuvo nada que compartir.
Lo que propongo puede hacerse, y puede hacerse construyendo—para comenzar—Estados políticos exclusivamente masónicos, política masónica, educación masónica y sistemas sanitarios masónicos. Únicamente con un programa político masónico puede un país vivir en armonía y proporcionar a los masones aquello que necesiten. Pero la Masonería ha de adoptar, inescapablemente, el modelo administrativo que la Iglesia Católica ha tenido, puesto que el masón es un “hermano,” es como un monje que perteneciendo a una orden ha de tener el derecho de ser acogido y ayudado cuando lo pida a la sede central o a sus superiores: esto, hermanos míos, todavía no ha sucedido. ¿Creéis que un individuo va a meterse a cura o a monje si va a tener el mismo tipo de beneficio de Roma que el que nosotros tenemos de nuestras grandes logias? ¿Quién compra una póliza de seguros para luego darse cuenta que sus bienes o u vida está completamente sin ayuda y sin garantías? ¿De qué sirve pagar un médico privado o un seguro médico privado para luego averiguar que uno no tiene ningún médico al que ver? ¿Para qué sirve pagar el seguro de un coche y luego descubrir que tras los devenires de la vida y teniendo un accidente el seguro no se hace cargo de nada? De nuevo, que cada cual conteste a estas preguntas… nosotros los masones del mundo también necesitamos nuestros “cardenales,” “obispos” y “Papa.” Sin una consistencia como esta somos como hojas secas expuestas al viento. ¿Podéis, hermanos míos, imaginaros una super-estructura como la que estoy describiendo auspiciada en el Templo Masónico de Salomón? Seríamos indestructibles y podríamos cambiar verdaderamente al mundo. Las guerras serían como un fantasma del pasado, y el diálogo y la comprensión inundarían las cortes. El desempleo decrecería, y la tolerancia hacia otros sexos, razas y religiones sería un hecho. Las escisiones nunca han traído nada bueno, por el contrario, son la semilla de la destrucción. Para construir un katholicismo masónico necesitamos primeramente edificar un canon, una ley que defina este canon, es decir, un sistema legal-universal aceptado absolutamente por todos los masones del mundo sin excepción; necesitamos una curia masónica que sea el esencial aparato administrativo de la Masonería kathólica y que sea capaz de diseñar un programa estratégico para llegar a solucionar problemas, para llegar ofrecer soluciones y alternativas para que la Masonería consiga su meta. La pertenencia al Gran Oriente, a las logias simbólicas, a las grandes logias, al Rito Escocés, o al rito de York o de Misraim, ha de ser considerado como la pertenencia a la orden franciscana, o benedictina, o salesiana, etc., por ejemplo. Hemos de pensar en ello como en ordenes masónicas. Necesitamos tener un ritual aceptado por todos y discutido por la curia. Las buenas noticias es que no necesitamos hablar en Latín…
Términos como “regularidad” e “irregularidad” han de ser extirpados de raíz; o se es masón o no se es—así de simple. Diferencias de sexo han de ser donadas a las asociaciones neofascistas. Diferencias teológicas para los ignorantes fundamentalistas y sus organizaciones racistas. Nosotros no podemos, no debemos, no se nos es permitido vivir en el mundo de lo profano. Si es así, ¿por qué como el perro volvemos a comer de nuestro propio vómito? Jamás he sido amigo de las logias mixtas, pues prefiero que las masonas tengan su propia logia, me siento menos invadido, y también, ciertos aspectos de desnudez en nuestros ritos no quedan tan obvios. Pero jamás he dicho, ni diré, que una mujer no ha de ser masón, o que la Masonería es “asunto de hombres.” Decir esto es demostrar que un masón no es masón, sino ignorante; y para el sublime grado de la ignorancia no es necesaria iniciación alguna. Yo no propongo que el masón viva una vida monacal: eso ni tan siquiera se me ha pasado por la cabeza. Pero sí se me ha pasado que la Masonería tenga una estructura interna similar a la que Roma ha construido para sí misma. De ese modo el masón vivirá más seguro, y la Masonería podrá quedar instituida en la tierra. 
Que todos aportemos nuestro grado de razón…
Silentium aureum! 
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