Masoneria

Libertad – Igualdad – Fraternidad

Honra no solo los a los Chilenos, sino a todos los Masones del mundo

Por Néstor L. Hernández

Heroica actitud del hermano Nelson Bahamondes Rojas
Sea esta crónica un homenaje a ti, héroe escondido en la multitud de héroes anónimos o casi.

La avioneta había salido el sábado 7 de junio desde Puerto Montt y se dirigía a la localidad de La Junta en la XI Región al sur de Chile, pero debió utilizar una ruta alternativa a raíz de la erupción del volcán Chaitén. Los ocupantes del avión Cessna 208 nunca imaginaron que pasarían varias noches sobre la nieve, a mil metros de altura, rodeados por quebradas y acantilados y sin más abrigo que lo puesto. Con poquísimo alimento, sin agua, ni siquiera con qué hacer fuego.

Miguel Almonacid un sobreviviente, quien viajaba en el asiento del copiloto, narra que «veníamos volando en muy malas condiciones. Había lluvia y granizo. Nos faltaban como 10 minutos para llegar. De repente, nos metimos en una nube y cuando salimos estábamos frente a la montaña. Alcancé a gritar ¡cuidado!, cuando sentimos la explosión». El piloto realizó una rápida maniobra para esquivar el cerro girando a la derecha, estrellándose contra un grupo de árboles delgados, que ayudaron a amortiguar la violencia del impacto. El avión perdió el ala izquierda y parte de la cola, pero el fuselaje quedó entero.

El Cabo Segundo de Carabineros Víctor Suazo, otro de los sobrevivientes, recuerda que tras el impacto, «fue un poco incontrolable la forma de actuar de nosotros mismos. Pero el piloto nos dio instrucciones, ánimo. Lo más probable es que sin él todos hubiéramos muerto y no estaríamos contando esta historia».

Todos testimonian que fue la fuerza que hasta último minuto les transmitió el fallecido piloto Nelson Bahamondes, quien quedó gravemente herido en la cabeza tras el impacto, lo que les permitió mantenerse con vida.

Las heridas de Bahamondes eran tan graves que no pudo superarlas. «Tenía un corte en la cabeza, un corte grande, perdió mucha sangre. Y el frío. No pudimos hacer nada por él, y falleció cerca del mediodía del lunes», recuerda el cabo Víctor Suazo. Pese a que intentaron abrigarlo, y darle ánimo cuando empeoró, «él sabía que iba a morir», contó Suazo.

El malogrado piloto del avión hizo todo por ayudar a sus pasajeros. «Nos orientaba para salir del lugar en forma terrestre», contaron. Después que murió lo sacaron del avión y lo taparon.

Tras el accidente, los pasajeros recibieron la primera instrucción de Bahamondes: todos debían salir rápidamente de la nave porque el avión tenía mucho combustible y podía explotar. Pasó un tiempo, y luego de cerciorarse de que no había peligro, revisaron los alrededores y el portaequipaje de la avioneta para ver qué les podía servir. No encontraron mucho y, entre todos, decidieron irse a dormir, bien apretados, para mitigar el frío. Durante los días siguientes, todos oían el ruido de los helicópteros de rescate que sobrevolaban la zona, pero no lograban hacerse ver. El avión se estrelló contra un cerro cercano al estero Yeco, a no más de 2 kilómetros de donde se recepcionaba la señal emitida por el equipo de localización. Pero el aparato quedó oculto por nieve y ramas que impedían ubicarlo.

Con galletitas, leche y agua de nieve, sobrevivieron durante cinco días los nueve pasajeros de la avioneta que cayó en la cordillera chilena. En sus primeras declaraciones, los sobrevivientes destacaron la destreza y la valentía del piloto, quien murió dos días después del aterrizaje.

Almonacid, declaró que antes de morir, el piloto les dio instrucciones para que racionaran el combustible y los demás recursos, y los instruyó acerca del lugar donde se encontraban, para que pudieran salir con vida. Además, dijo que la comida con la que se alimentaron estaba entre sus pertenencias.

La lucha por sobrevivir día a día

Sábado 7 de junio
Peligro y confusión

Apenas sintieron el impacto empezaron a recibir órdenes del piloto Nelson Bahamondes. Todos debían salir rápidamente porque el avión estaba con mucho combustible y podría explotar. A su copiloto le ordenó cortar el paso del combustible y los pasajeros tuvieron que ayudarle a salir porque él estaba herido gravemente en su cabeza. Tras la confusión inicial, Bahamondes les dijo que tuvieran confianza porque el avión estaba emitiendo la señal de localización. Tras cerciorarse de que no explotó, revisaron los alrededores y el portaequipaje para ver qué les podría servir. El piloto les ordenó sacar lo que hubiera de comida y ropa para abrigarse. Pero no quedaba mucho. Un tarro de leche en polvo roto, dos paquetes de galletas, un chocolate muy pequeño y unas golosinas. La cabina del avión estaba intacta, sólo una trizadura en el parabrisas. Los sobrevivientes se dispusieron a pasar la noche.

Domingo 8 de junio
Dormir apretados

Despertaron con el ruido de los aviones y los helicópteros que sobrevolaban la zona. Había nevado, estaba soleado en algunos sectores y los más jóvenes empezaron a sacar la nieve del techo del avión para que los vieran desde el aire. Pero pasó el día y la gran nube nunca se alejó. Intentaron explorar, pero había medio metro de nieve. Cerca de las 15:00 horas volvieron a encerrarse todos en el avión. Afuera ya empezaba a anochecer y se quedaron dormidos. Esa noche siguieron las instrucciones del piloto y durmieron muy cerca unos de otros para no pasar tanto frío. Intentaron hacer una fogata, pero sólo tenían algunos trozos de las ropas que se destrozaron en el maletero, que igual quemaron. Y a las 17:00 ya estaban dentro del avión, de noche y durmiendo.

Lunes 9 de junio
Fallece nuestro hermano Nelson

Amaneció nublado y con lluvia. El piloto empeoraba, pero no cesaba de darles instrucciones. «Él nos dijo que si era necesario, incendiáramos el avión, porque eso provocaría una enorme humareda, pero tenían que esperar que no hubiera nubes, porque si no era inútil», recordó el cabo Víctor Suazo. Bahamondes murió cerca de las 11:00 horas y eso provocó un serio deterioro del ánimo de todos.

Martes 10 de junio
Comer pasto

Nuevamente salieron a caminar. Recogieron pasto y raíces, además de nieve para beber. Pero algunos se negaron a comer pasto y ya no les quedaba una miga de nada. El tiempo seguía muy malo y ya no sentían helicópteros, aunque creyeron ver pasar un avión. Salieron a hacer señas. Ya habían limpiado el techo, como todos los días, pero nuevamente nadie los vio.

Miércoles 11 de junio
Con los chalecos salvavidas

Muy temprano escucharon el ruido de los aviones. Salieron a mirar porque otra vez había nubes sobre ellos. Y como no tenían cómo hacer fuego, salieron con los chalecos salvavidas del avión. Esta era la vez que los sentían más cerca, pero se desesperaron por la posibilidad de que el enorme «pájaro negro» que se acercaba no los viera. Eran cerca de las 12:25 horas y no podían creer cuando dio la vuelta y volvió. Con las pocas energías que les quedaban corrieron hacia él agitando los chalecos.

«No hubiéramos aguantado una noche más. Estábamos todos muy mal», contó el cabo Víctor Suazo, pocas horas después de haber sido rescatado por un helicóptero Black Hawk de la fuerza aérea chilena. Magullados, quemados por la nieve y el frío se mantenía en 5 grados bajo cero, algunos fracturados, «pero vivos», terminaron su odisea los nueve sobrevivientes del trágico accidente.

Nuestro hermano, con una reconocida trayectoria (16 mil horas de vuelo), realizó un aterrizaje de emergencia. Hubo que ubicar un lugar apto para que el helicóptero bajara a los rescatistas, que llegaron hasta el avión para trasladar a los heridos, que no estaban en condiciones de caminar. Se sumaban las adversas condiciones climáticas, que incluso impidieron rescatar el cuerpo del piloto Nelson Bahamondes y de cuatro rescatistas del Servicio Aéreo de Rescate (SAR) de la Fuerza Aérea Chilena que debieron permanecer en la montaña con la víctima.

Sin embargo, nuestro querido hermano se había convertido en el héroe de la tragedia, ya que el grupo había logrado mantenerse con vida gracias a sus consejos. «Nos dio instrucciones sobre cómo actuar. Nos orientaba para salir del lugar en forma terrestre, es probable que, sin él, todos hubiésemos muerto», dijo Suazo.

Ya no estará físicamente con sus hermanos de la Respetable Logia Luz Austral Nº 61 de Puerto Montt perteneciente a la Gran Logia de Chile, pero seguramente recordarán por siempre su impronta de masón, que surge del comentario del Ministro de Defensa, José Goñi, al salir del recinto médico, quien manifestó que todos los afectados coinciden en destacar la figura del piloto Nelson Bahamondes, como el gran responsable de que hayan salido prácticamente ilesos del fatal accidente. «La impresión que me dejaron todos los relatos de ellos fue que se trataba de una persona con una gran experiencia en su profesión, con una gran calma para actuar y reaccionar. Y además con un gran sentido de solidaridad y liderazgo, porque primero hizo todo lo posible por evitar un colapso de la avioneta para que ellos pudieran aterrizar o caer de manera lo más suave posible, cosa que consiguió en las dificilísimas circunstancias del momento.»

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Información

Esta entrada fue publicada el junio 21, 2008 por en hermano Nelson Bahamondes Rojas gran logia chile.
A %d blogueros les gusta esto: