Masoneria

Libertad – Igualdad – Fraternidad

FILOSOFÍA DEL RITUAL DE INICIACIÓN

“Nunca saldremos de la cámara de reflexión” 

Por Juan Pablo Vilches Parodi 
Chile 
A modo de Introducción:
LA TAREA INFINITA
Usaré la expresión de un filósofo para referirme a la tarea que se me ha encomendado: tratar de dar cuenta de “LA filosofía del ritual de iniciación” es como querer meter todo el mar en un pequeño agujero cavado en la arena. El filósofo al que me refiero es San Agustín, quien usó esa expresión para ejemplificar la imposibilidad de comprender racionalmente al Dios. Naturalmente que el lugar de Dios en la cultura es mucho más prominente que el de nuestro ritual de iniciación, mas la carga simbólica de esta última es tan grande, y cada uno de los símbolos tiene tantas interpretaciones, que el laberinto de significados y relaciones se ramifica en un infinito de posibilidades que escapan a lo que puede abarcar una solamente. 
Entonces, ¿se puede hablar de UNA filosofía del ritual de iniciación? Como ya está dicho, la pluralidad de símbolos y las interpretaciones que se les ha dado durante los siglos en que han sido utilizados, trascienden largamente los alcances de una sola construcción filosófica elaborada por un filósofo y sus seguidores. Además, por su misma longevidad, el ritual y la comunidad de que forma parte han convivido y dejado atrás a una gama de construcciones filosóficas con las que ha dialogado y de las que ha aprendido, por lo que la interpretació n filosófica de nuestro ritual ha sido y es un proceso de permanente reescritura que no puede darse por terminado. Quien diga que se puede llegar a una versión definitiva de la interpretació n filosófica de nuestro ritual de iniciación, o se equivoca o miente. 
Podría detenerme en los pasos más importantes de nuestro ritual y dar cuenta de algunas de sus interpretaciones tradicionales, pero creo más interesante extraer de la ceremonia por la que todos pasamos los supuestos últimos que la animan y una vez identificados tratar de interpretarlos desde una forma de ver el mundo más acorde con nuestro presente: una forma racionalista, que no cree en el mundo encantado, que tampoco da por sentado el progreso ni la luminosidad de la razón humana. 
El resultado probablemente no sea tan edificante ni atractivo como la autoimagen altamente optimista en la que se basa la promesa de la Orden para sus miembros y para la sociedad; lo más probable es que la interpretació n de quien escribe sea más lúgubre, pero creo que en mi caso va a ser más cercana al objetivo que me parece más elocuente y urgente para el acto de reconstruirse a uno mismo que es la iniciación: el aprender a mirar las cosas tal como son.
EL COMIENZO ES EL FIN, Y VICEVERSA
El ritual en tanto tal tiene muchas dimensiones desde donde examinarlo. En primer lugar es una experiencia planificada por un grupo para que sea vivida por individuos escogidos, de quienes se espera un comportamiento determinado durante su desarrollo. Aparte de desenvolverse de cierta manera, los iniciados pasan por esta experiencia para sufrir un cambio en su forma de mirarse a sí mismos y a su entorno, de modo que la superación de las pruebas los conviertan en iguales ante los ojos de quienes los inician. En segundo lugar, la iniciación es un espectáculo para quienes inician, una reactualizació n de su propia experiencia que siempre es necesaria, pues la iniciación no tiene fin. La iniciación también tiene la dimensión institucional, en cuanto sólo quienes pasan por ella pueden ser llamados QQ\HH\ por los miembros de la Orden.
De seguro que se podría seguir identificando más dimensiones del ritual iniciático, mas nos remitiremos a la primera que enumeramos (experiencia planificada para ser vivida de cierta manera) para lo que viene del trabajo. Aún con esta depuración, la iniciación tiene tantos episodios, tantos movimientos y palabras que fácilmente podríamos perdernos en sus muchos recovecos y obtener una suma de interpretaciones que dirán tantas cosas que al final no dirán nada. Por el contrario, para efectos de extraer algunos supuestos clave de este ritual nos atendremos a su estructura macro: la cámara de reflexión, las tres pruebas, el natre(1) (planta medicinal natural de Chile, Bolivia y Perú, cuya infusión tiene un marcado sabor amargo, por esto se la emplea para preparar el “cáliz de la amargura”), el juramento y el develamiento. Espero no omitir nada importante. 
Muerte y “publicidad” . 
La cámara de reflexión es como las tumbas de los primitivos, donde al difunto se le sumerge en la tierra y se le deja comida para que siga la vida enrarecida de los muertos. En este caso se deja pan y trigo, elementos de un mismo ciclo de nacimiento, muerte y renovación que involucra figuradamente a quien se lo come, quien necesita de la muerte y la transformació n del trigo para poder vivir. Sin querer interpretar más detalles, la cámara de reflexión es el lugar donde se simula una muerte, la propia muerte, para empezar a tomar distancia de los afanes que parecen importantes y poner las cosas en su “real” perspectiva. ¿Existe semejante cosa? El supuesto base es que al simular la muerte, nos ponemos en una posición distanciada de la cotidianeidad que nos enajena de nuestro “centro” (¿tenemos un centro?) y podemos así mirar las cosas con claridad, mirarlas tal como son. El objetivo de esta claridad no es lograr más conocimiento ni más lucidez por sí mismas, sino volcarlas hacia la propia conciencia para mirarse a sí mismo y pulirse a sí mismo con las miradas afiladas de quien empieza a entender. Al igual que los ritos eléuticos y otros cuantos más, ésta es una iniciación en el camino hacia la virtud, que eran en aquel entonces y lo son ahora, las características personales que hacen que la vida social sea más llevadera y provechosa que la vida en soledad. El fin último entonces de esta experiencia es empezar a convertirse en un elemento verdaderamente positivo para la sociedad (no sólo la chilena, sino “la universal), y su primer paso empieza nada menos que en la soledad de un cuarto oscuro. Estar solo para estar con los demás vs. estar rodeado de gente para estar solo. 
Las interpretaciones sobre el porqué se nos despoja de los metales son muchas (la pobreza, la prohibición de las armas, un pasaje de la Biblia) y el cambio de la ropa por atuendos blancos tienen una clara alusión a la pobreza y la incompletud de los niños. En conjunto con lo anterior, la experiencia está diseñada para situarnos en un lugar distinto del habitual, donde no sólo cambia el entorno sino también nuestro rol en lo que está por venir. Cuando le ponen la venda al iniciado se simboliza la ceguera en la que ha vivido hasta ese momento, pero también se le priva de la vista para que lo experimentado tenga una forma vaga, no fijada por lo concreto de las cosas visibles. Por cierto que también se trata de una señal de confianza de parte del iniciado, pero antes que todo es la forma de transmitirle el deseo de la luz que ahora sabe que no tiene. Para desear algo, primero tenemos que convencernos de que no lo tenemos. Es el viejo adagio de que se desea lo que no se tiene, el que desde hace décadas mueve a la millonaria industria publicitaria y que desde milenios convence a algunas personas de que se sometan a una iniciación. 
La tabla periódica de otra época. 
La entrada al templo viene acompañada de preguntas y mensajes que dejan en claro la naturaleza racionalista de la Orden, y el plano de conversación entre voluntades adultas y formadas intelectualmente sobre la que se edifica la convivencia masónica. Lo que la masonería enseña requiere de un mínimo bajo el cual no hay interlocución posible, hablamos de un caos oscuro donde se mezclan la miseria, la estupidez y la maldad para formar un enemigo ante el que podemos hacer muy poco en el plano individual. Aquello que dejamos afuera lo reconocemos como un límite de nuestra acción, admitiendo así lo que no se suele escuchar en voz alta: nuestra institución es un lujo que algunas sociedades pueden concederle a sus miembros más inquietos intelectualmente y a quienes tuvieron el privilegio de no verse sometidos a necesidades más urgentes. Contra la desesperación real, la orfandad absoluta, podemos ofrecer caridad pero no mucho más. Ésos dominios no nos pertenecen. Nuestro simulacro de la autoformación requiere para hacerse realidad de un entorno protegido tanto dentro como fuera, pues se asume que tenemos un centro que no puede ser perturbado en su intento por perfeccionarse. Los estoicos le daban un nombre a eso hace dos mil años. 
Desde entonces y desde antes se creía que el mundo estaba compuesto por cuatro elementos. El iniciado ya pasó por la tierra, cuando fue “sepultado” en la cámara de reflexión, y pasa después sucesivamente por los otros tres elementos, cada uno de ellos asociado con una etapa de un camino que lleva al corazón mismo del infierno donde yace la verdad. Hoy sabemos que la composición del universo es más compleja, mas para fines prácticos tiene más sentido realizar cuatro pruebas que las 118 que corresponderí an a cada uno de los elementos de la tabla periódica. Ya sean cuatro elementos o 118, la idea presente es que el recorrido del iniciado de una u otra manera involucra a la totalidad del cosmos, porque se espera de él que no sienta nada como ajeno (des-enajenació n) y porque el mito detrás de todo esto es el del hombre integral, el hombre con piernas y brazos abiertos rodeado por un círculo que bien puede ser un límite. 
El periplo por el aire caótico, el agua purificadora y las llamas del infierno es parte de una imaginería donde se creía en el infierno y donde cada elemento era un pedazo “vivo” de un cosmos igualmente vivo. Nuestro universo hoy es muy distinto, como lo es nuestra relación con las cosas y nuestras concepciones de la ultratumba. Lo que no ha cambiado, y, por el contrario, se ha exacerbado, es la idea de progresión que tiende a mezclarse con la ideología del progreso inevitable, del desencadenamiento en algún momento histórico de una fuerza que no puede ser detenida y cuyos beneficios pueden ser gozados con menos virtudes, más paciencia, y una buena salud. A este respecto, la iniciación nos ofrece un inapreciable mensaje de cautela y sabiduría: si la progresión existe es porque alguien trabajó por ella. El progreso real sólo puede existir si se trabaja material e intelectualmente por él, tanto en el plano social como en el individual. Los grados masónicos son un simple antídoto contra el optimismo ciego que pregona el mito del progreso, pues la única forma de sostener el progreso es trabajando a la vez en la conservación de lo aprendido, y en el conocimiento y la consecución de lo nuevo. Mientras, afuera, el capitalismo hace gala de una energía creadora que no puede desenvolverse sin la destrucción casi ciega de todo lo que le estorbe, convencido de que lo nuevo por ser nuevo es mejor que lo que reemplazó, y que si lo reemplazado hubiera valido la pena, pues no habría sido reemplazado. El supuesto del progreso no espontáneo, de la progresión pensada y trabajada es una de las grandes lecciones que la Orden nos enseña desde que somos iniciados. 
La amargura del natre es la forma gráfica en que sentimos esa lección y es al mismo tiempo un recordatorio de que nuestro proceso de perfeccionamiento jamás deberá producirse a espaldas del mundo real; que nuestro entorno privilegiado y protegido no nos puede llevar a pensar que estamos fuera de este mundo y que debemos seguir en él sin temer a las amarguras y los momentos difíciles de la vida. Cuántos saberes iniciáticos deben haber degenerado en sectas elitistas que se creían superiores a la vida para que alguien sabiamente tomara la decisión de recordarnos lo contrario. 
Palabras y luz. 
El simple hecho de declarar en el completo uso de nuestras facultades que estamos dispuestos a obedecer algo, es una de las formas vinculantes más racionalistas que puede haber. Es una decisión nuestra, gatillada por información expresada en un clarísimo castellano; no se trata de un niño bautizado (aunque en cierta medida se simule serlo) ni de alguien que heredó un vínculo como la nacionalidad. Se trata de un adulto que jura escuchando lo que le dicen y con una mano sobre… una constitución masónica que no ha leído y que tal vez no lea nunca. La única explicación que se me ocurre para este desliz es que quien puede lo más puede lo menos; si alguien confía en quienes lo inician al nivel de privarse temporalmente de la vista, confiará también en que las normativas que rigen a la institución no atentan contra la moral y la ley. De nosotros depende saberlo. 
No es casual que lo primero que vemos cuando nos sacan la venda es un grupo de personas con caras serias y espadas que nos apuntan. Por mucho que eso oficialmente signifique que nuestros hermanos nos defenderán, el impacto de esa imagen amenazante es tan perdurable como el significado que debemos aprender. El que algo parezca una cosa y sin embargo signifique otra es también un recordatorio que la institución nos ofrece con la experiencia iniciática, una lección que el mosaico sobre el que caminamos también nos recuerda si nos tomamos la molestia de mirarlo: la realidad no tiene una sola cara. La regularidad del mosaico sugiere que son dos, pero son más, muchas más, y es nuestro deber estar conscientes de esto cuando razonemos sobre cualquier problema o asunto en nuestro camino. Y qué mejor ejemplo de esta múltiple cara de la realidad que la iniciación misma, donde morimos para nacer de nuevo (el fin para un principio), pero para un camino para el resto de nuestra vida (un principio para el fin). 
A Modo de Conclusión:
SOLOS EN LAS SOMBRAS
Lo que viene a partir de ahí es una vida de trabajo masónico, una repetición incesante de movimientos y palabras que nos darán regularidad en la palabra y en el movimiento. Nos ponemos un mandil que nos proteja y una espada flamígera nos manda a trabajar, como en la Biblia. La progresión mediante el perfeccionamiento del trabajo supone que el hombre es perfectible y que es un deber de su parte aceptar algún paradigma de perfección y seguirlo en virtud de sus capacidades. Varias religiones conciben un “camino a la santidad” y el propio capitalismo recompensa muy bien a quienes se perfeccionan en ciertas artes y oficios… siempre y cuando sean rentables. Las primeras tienen una comunidad de fe para atestiguar en vida, y un proceso de canonización para homenajear en la muerte, a quienes lo lograron. Al capitalismo le basta el dinero. Sin embargo nosotros no tenemos lo uno ni valoramos la información que entrega lo otro, sólo tenemos un sistema de grados que también sirve para fines institucionales y que ya hemos visto que no indica demasiado. Supuestamente nuestros hermanos nos reconocerán como hombres completos o en proceso de serlo, pero ellos no son infalibles y no pueden saber realmente qué es lo que pensamos y sentimos. La verdadera última palabra sobre la eficacia de nuestro aprendizaje está en nosotros mismos, pero resulta que somos los menos infalibles de todos. El ritual de iniciación fue redactado antes de que apareciera lo que se conoce como la filosofía de la sospecha, y por ello no está en su lenguaje la contingencia y multipolaridad de una conciencia maestra en el arte de autoengañarse, por la sencilla razón de que a los genes que ordenan al cerebro no les interesa la verdad sino sobrevivir. 
El otro supuesto clave que regirá nuestra vida iniciática es que la perfección viene de la regularidad, y la regularidad es la expresión en nuestros cuerpos del orden que sostiene al mundo. Si bien la relación de las instituciones iniciáticas con los diversos órdenes políticos en que convivieron es ambivalente, identifico en ellas la idea de que el universo está ordenado por ciclos, relatos y jerarquías perennes que sólo pueden ser comprensibles por unos pocos que no se dejan impresionar por el caos aparente de la realidad. Durante siglos hubo cosmovisiones compartidas que suponían que el sol iba a salir mañana, que un día se cerrarían las puertas del tiempo y que los movimientos celestes eran perfectamente regulares y superiores a los movimientos terrestres. Claramente nuestro mundo ya no se reconoce en esas creencias y no me parece que sea una buena idea extraer consecuencias relacionadas con la ética a partir de percepciones de regularidad aparente. Naturalmente que existen las estaciones del año y las 24 horas del día, pero ¿existirán para siempre? ¿Podemos asegurar que seremos mejores personas si extraemos valores de órdenes naturales que a la larga pueden ser contingentes? Hay quienes están extrayendo las justificaciones para los deberes éticos del altruismo de la psicología evolutiva y las tratan de demostrar con secuencias infinitas del juego del prisionero. Es un intento serio de que los valores más elevados no se pierdan en el remolino que arrastrará a todas las construcciones culturales y por ende arbitrarias que han tratado de justificar algo tan contraintuitivo como el altruismo desde el punto de vista de la superviviencia. Deberíamos mirar hacia allá. 
No tenemos forma de saber que estamos siguiendo el camino que juramos emprender, ni tenemos certeza alguna de que el camino que emprendamos nos ayudará a ser dignos de ser felices. Empezar a mirar las cosas tal como son es asumir que la conciencia humana es tortuosa y no recta, y que nadie puede entenderla por nosotros. También es asumir que el camino iniciático es un intento de darle orden a un mundo donde no hay orden, no hay parámetros ni hay hitos definitivos en los que podamos confiar. Cuando salimos de la cámara de reflexión es sólo para darnos cuenta de que nunca más saldremos de ella si es que queremos al menos conservar el respeto por nosotros mismos. La conciencia de la muerte física y el posible colapso espiritual será una sombra que nos acompañará para siempre y ante la que tendremos que estar siempre vigilantes. Es lo único que podemos hacer; puesto que nadie nos asegura nada, las luces que podamos adquirir y pulir sólo nos servirán para ver qué tenemos a nuestro alrededor. ¿Y qué habrá ahí? Más oscuridad, naturalmente.

BIBILIOGRAFÍA
Wirth, Oswald; El libro del aprendiz; Santiago, 1995 
Ferrater Mora, José; El ser y la muerte; Planeta, 1979 
Ragón, J.M.; Curso filosófico de las iniciaciones antiguas y modernas; aparentemente una autoedición 
Enseñanza del simbolismo para el aprendiz “Compendio de enseñanzas del primer grado”, plancha del QH Nelson Morales, Octubre de 1991 
“El ritual de iniciación”, plancha del QH César Álvarez 
“Finalidad y propósito de la masonería”, plancha del QH Heine Vargas, 1981 
Conversaciones con los QQHH Rodolfo Alday, Alberto Sifri y Pedro Pablo Marambio, a quien se agredece especialmente por la ayuda y el apoyo para escribir esta plancha.
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Un comentario el “FILOSOFÍA DEL RITUAL DE INICIACIÓN

  1. heine23
    diciembre 13, 2008

    Buen artículo

    Atte.,

    Heine Vargas Riveros
    Hijo del QH Heine Vargas y Gaete (Q.E.P.D.)

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Esta entrada fue publicada el junio 29, 2008 por en masoneria masones FILOSOFÍA DEL RITUAL DE INICIACIÓN.
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